Raza criolla vs pobreza absoluta
Ante la noble idea de combatir la pobreza absoluta, conviene recordar aquí
uno de los factores que más ha contribuido a empobrecer a la inmensa mayoría
de la población rural. Este ha
sido la perdida de las razas autóctonas que eran sus animales tradicionales rústicos
y adaptados al medio y a las condiciones socioeconómicas de los campesinos de
escasos recursos.
El desprecio o irrespeto que los diversos estamentos oficiales y privados
han mostrado por las costumbres e idiosincrasia del campesino, ha sido fatal
para la vida rural del país. Se
creyó a priori que en su tradición sólo había errores y taras, como si fuera
un hombre carente de sentido común, y no se ha querido aprovechar nada de él,
ni siquiera algo tan valioso como las razas criollas.
Ha faltado análisis del sector rural
Quienes hayan tenido la oportunidad de recorrer el país analizando los
problemas socioeconómicos del campesino y el estado del ambiente donde él
trabaja, pueden dar fe de cómo este colombiano ha venido en decadencia
permanente desde hace varias décadas hasta nuestros días.
Son diversas las causas que han conducido a tal decadencia, pero sólo me
detengo a hacer breves consideraciones sobre una de ellas: la pérdida de sus
razas criollas.
Durante la década del 50 todavía se veía a los campesinos ordeñando sus
propias vacas rusticas al pie de los ranchos.
Una o dos vacas criollas perfectamente adaptadas a nuestro trópico y a
la situación socioeconómica de la modesta familia rural eran alimentadas y
manejadas sin problemas. Eran más apropiadas para ese campesino que los vacunos
importados, pues podía adquirirlos con poco dinero, alimentarlos con pajas
comunes y manejarlos con los pobres recursos disponibles.
No era necesario costearles una ambiente artificial ni hacer mercado de
granos para ellas.
Estos ganados criollos “chocateros” como el Bon, el Chino Santandereano,
la Oveja Churra, el cerdito Congo, etc., daban trabajo, alimento y dinero a los
habitantes de las regiones pobres y marginadas de Colombia.
La vida del campesino era dura, pero tenia más productos animales que
ahora, especialmente la gota de leche para los niños.
Existía entonces un principio de ganadería social; los animales domésticos
estaban al alcance de los campesinos porque podían comprarlos y explotarlos;
eran rústicos y adaptables a las diversas contingencias de nuestro ambiente
tropical. En todo el territorio nacional, especialmente en las regiones
más hostiles y marginadas, los ganados criollos eran parte integrante de la
vida campesina y constituían su más eficaz ayuda.
La vaca rustica, animal eficiente para el campesino
La vaca autóctona no estaba tan lejos de los recursos disponibles y no era
tan difícil de alcanzar como ahora; era un animal hecho para los campesinos de
todas las categorías y especialmente útil en las zonas desfavorables.
Daba nutrición y estabilidad a la familia rural.
En los mercados de los pueblos y en las tiendas veredales de los climas cálidos
y medios, se vendían corrientemente leche y queso casero.
El pequeño propietario podía explotarla fácilmente aunque solo contar
con las yerbas rusticas de una pobre parcela o las duras pajas del “potrero
largo”.
A esa ganadería social se debía el que los campesinos se sintieran menos
abandonados, se criaran más alegres y se dedicaran con más amor a su oficio.
No se concebía entonces un asentamiento rural sin una vaca rustica para
ordeñar, la cual en la práctica era una eficiente nodriza de los niños
campesinos. La vaca Bon, por ejemplo, fue por siglos la obligada compañera
de los cafeteros y de los mineros de Antioquia, donde pegó con una rusticidad
tan natural como si fuera el fruto espontáneo de sus montañas. El ganado Chino
cumplió idéntica función junto a los ranchos de los tabacaleros de Santander,
el Hartón en el Valle del Cauca, el Azul y Pintado en Caldas y el Costeño con
Cuernos y el Romosinuano en las sabanas ardientes del Caribe.
Las vacas criollas lecheras eran, pues, eficientes en su medio y cumplían
una función social de primer orden.
Aunque no presentan un pedigrí de producción como las razas importadas,
tenían un rendimiento lechero suficiente para la familia rural.
Su gran adaptabilidad a nuestro ambiente tropical se ha manifestado por mínimo
estrés frente a los factores adversos del medio, alta rentabilidad en relación
con los costos de manejo y nutrición, alta tolerancia al calor y a las
enfermedades parasitarias, larga vida, baja mortalidad y morbilidad y muy alta
fertilidad. Estas ventajas
constituyen un sólido valor práctico de los linajes criollos en los climas
hostiles y benefician a la comunidad rural y al país entero.
Los ejemplares criollos son, además, la mejor base biológica para la
formación de ganaderías sólidas de carne y leche en el trópico colombiano.
Su adaptabilidad y condición rustica permite a estas razas no sufrir
gran cosa en las zonas marginales donde fracasan otros linajes y exhibir un
poder extractivo especial sobre los forrajes comunes, supliendo así fácilmente
sus necesidades nutricionales con los recursos disponibles en cada lugar.
Como perdió el campesino su vaca criolla?
En Colombia, la vida del campesino pequeño casi siempre ha dependido de los
grandes hacendados, quienes generalmente han tenido un carácter urbano-rural,
derivando del campo su riqueza y de la ciudad su beneficio social.
Esta ambivalencia les ha permitido influir sobre la demás población
campesino con fuerza económica y hasta política.
Esta influencia se ha extendido a la administración del estado, pues no
pocas veces son representantes al congreso, alcaldes, gobernadores y hasta
ministros. Por eso, comúnmente se
ha mezclado la política con la actividad campesina y viceversa.
Así, todos los estamentos han creído que al cumplir con ellos se cumple
con la totalidad del sector rural. Este
hecho ha tenido gran repercusión en el exterminio de las razas criollas, pues
son los ganaderos influyentes los primeros que crían y propagan las razas
importadas hasta ponerlas de moda. Cuando
los grandes ganaderos cambiaron los animales autóctonos por los importados, el
campesino perdió su fuente de abastecimiento.
Por su parte, este campesino secundario, carente de organización
gremial, nada pudo hacer para conservar sus animales tradicionales y tuvo que
entregarse a la moda imperante, unas veces por ignorancia y otras por resignación.
Así, la eliminación de los ganados autóctonos se aceleró
inevitablemente. Todos los
estamentos del país ayudaron a los importadores y se estimuló hasta el máximo
la cría de razas importadas, más no las criollas.
En esta forma, los encargados del fomento pecuario y los importadores de
ganados, resultaron unidos en la práctica para eliminar a los animales autóctonos.
Los medios de extensión ganadera, como el crédito, la divulgación, las
exposiciones pecuarias y los premios, se pusieron al servicio de la importación
de razas y de su expansión en el país. Hasta
los mismos puestos de monta fundados para los pequeños campesinos se
convirtieron en centros de absorción de los linajes autóctonos.
Las razas criollas fueron desapareciendo poco a poco, primero en las
haciendas y luego en los pequeños fundos, muchas veces contra la voluntad de
los criadores. Así, el campesino de escasos recursos, ajeno al negocio de la
importación, fue la victima directa de este nuevo orden o cambio ganadero, y se
quedó, como se encuentra hoy, sin vaca para ordeñar y sin un reemplazo al
alcance de sus recursos.
La ganadería se volvió elitista
Con la desaparición casi total de las razas criollas, la ganadería social
dejó de existir. En adelante, para
ser ganadero en los climas desfavorables habría que hacer dos gastos que
resultaban enormes para el pequeño campesino.
Por un lado era necesario disponer de una gruesa suma de dinero para
conseguir ejemplares de origen exótico y, por otro, costear un ambiente
artificial para los nuevos animales; así,
forzosamente había que dejar de
ser criador, aunque fuera de una simple vaca.
Este hecho repercutió negativamente en la población ganadera.
Todo esto ha sido causado por falta
de autenticidad y por la implantación de un fomento ganadero equivocado.
Se partió de una falsa idea, se creyó que todo cuanto hacia y tenia el
campesino era obsoleto. Con estos perjuicios y sin un estudio serio, se despreció la
tradición rural y con ella sus animales domésticos. Así se rompió el ecosistema dentro del cual se movía la
población campesina y del cual las razas criollas, eran parte integrante.
El campesino fue vencido así en su medio y emigró a la ciudad a luchar
dentro de un ecosistema humano totalmente diferente. Y ahí lo tenemos, desadaptado, de vendedor ambulante,
sufriendo grandes limitaciones y llegando a veces hasta la delincuencia en su afán
de sobrevivir. Con esta política
llevada a cabo en el sector pecuario, hubo ciertamente un auge económico para
los comerciantes de ganado y para los criadores de razas importadas; pero para
la mayoría de los pequeños campesinos que habitaban las zonas hostiles, trajo
un desmejoramiento de las condiciones de vida que contribuyó a llevarlos a la
pobreza absoluta.
Está bien que ganan dinero quienes trabajan en la industria pecuaria, pero
no es racional ni justo que haya campesinos que tengan que renunciar a una
actividad tan propia para ellos como criar ganados porque se quedaron sin la
posibilidad de hacerlo. Desafortunadamente,
ha faltado por parte del estado una política pecuaria mas seria, que tenga en cuenta
el factor humano y social, el medio ambiente y los elementos básicos de la
producción.
Que hacer ahora?
Es muy lamentable que todavía exista el criterio de que la utilización de
los ganados criollos es obsoleta, que todavía hay quienes ignoren el papel
trascendental de las razas autóctonas para los campesinos de nuestro trópico,
que todavía existan asesores de los estamentos agropecuarios que aconsejan
congelar o negar partidas para el fomento de las razas criollas, como si no
fueran un verdadero valor genético para nuestro medio.
Si se quiere luchar contra la pobreza absoluta en el sector rural, hay que
devolverle al campesino sus vacas criollas, aquellos animales autóctonos que
podían adquirir y que le facilitaban la vida en vez de complicársela.
Estas razas son eficientes y se pueden mejorar sin necesidad de
destruirlas. Es necesario fomentar
una ganadería social o democrática frente a la cría elitista que existe hoy
en el país. Con el fomento
racional de las razas criollas y de sus mezclas, podemos llegar con vacas de
doble utilidad a los climas y tierras difíciles de la patria; así, estos
ganados podrán cumplir la función socioeconómica para la cual han sido
preparados durante más de 400 años de vida en nuestro trópico.
La importancia dada al pequeño campesino y a sus cosas no está reñida con la adopción de los logros conquistados por otros países en la selección de animales, en la agroquímica, en la agroindustria y en biotecnología. Por el contrario, son bienvenidos todos los progresos de la ciencia agropecuaria moderna que tengan aplicación en nuestro medio. Pero hay hechos elementales a los cuales no podemos renunciar, pues muchos de ellos tienen plena vigencia y son, además, la base o punto de partida para futuros progresos y transformaciones.